Soy Fernando Torres Cabrera. No vengo del mundo editorial: vengo de ser papá. Esta es la historia de cómo "Un viaje por Argentina" empezó en la mesa de mi casa.
Empecé por mi hija
Todo esto empezó en la mesa de mi casa, mirando a mi hija. No hizo falta ningún estudio para notarlo: después de un rato largo de pantalla, la nena que se levantaba de la silla no era la misma que se había sentado. Más irritable, con menos paciencia, más difícil de traer de vuelta a una conversación. Y algo que me llamó todavía más la atención: sus dibujos. Los mismos personajes de siempre, pero con menos detalle, más apurados, como si le costara volver a meterse adentro del dibujo.
Lo peor es que no podía echarle la culpa a ella. A mí me pasaba exactamente lo mismo. Estábamos los dos en la misma casa, cada uno en su pantalla, a dos metros de distancia y bastante lejos.
Un estudio que me dejó pensando
Buscando entender qué estaba pasando llegué al trabajo del pediatra alemán Peter Winterstein. Winterstein le pidió a casi 2.000 chicos de 5 y 6 años algo muy simple: que dibujaran una figura humana. Después comparó esos dibujos según cuántas horas de televisión miraba cada chico por día.
No hace falta ser médico para mirar esos dibujos uno al lado del otro y quedarse callado un rato.
Hoy hay investigaciones más recientes que apuntan en la misma dirección, relacionando el tiempo de pantalla en preescolares con el desarrollo de la motricidad fina. Yo no soy científico y no vengo a dar cátedra. Pero eso me confirmó que lo que veía en mi propia casa no era una impresión mía.
Lo que faltaba no era una prohibición
La primera reacción de cualquier padre es sacar el dispositivo. Yo lo hice. Duró poco, y terminó en pelea.
Ahí entendí el error: sacar no alcanza. Cuando sacás algo, dejás un hueco. Y si no ponés nada en ese hueco, la pantalla vuelve sola.
Lo que faltaba era algo mejor sobre la mesa. Algo que valiera la pena, que durara más de cinco minutos, y que —esta es la parte clave— no fuera solo para el chico. Porque si el papá sigue con el celular en la mano mientras el hijo pinta, no cambiaste nada. Solo cambiaste quién mira la pantalla.

Las manos de mi hija, pintando el Balcón del Pissis.
Así nació "Un viaje por Argentina"
Me imaginé un libro que resolviera las dos cosas al mismo tiempo.
Un recorrido por el país, de Jujuy a Tierra del Fuego, para que mientras pintan también conozcan de dónde son. En español y en inglés, para que el idioma entre sin que se note. Con personajes —Pesto, Salchipapas, Rosa, Lucky y Thor— que se ganaron su lugar porque mi hija los eligió.
Y sobre todo: pensado para hacerse de a dos. Para que el adulto no lo apoye en la mesa y se vaya. Para que se siente.

Lago Meliquina, una de las 24 páginas. Cada lugar, en español y en inglés.
Lo que busco con esto
No pretendo salvar a nadie de las pantallas. Yo tampoco me salvé.
Lo que sí creo es que una mesa, algunos colores y un rato compartido alcanzan para volver a encontrarnos un poco. Que gran parte de la soledad de estos años se arregla con cosas más simples de lo que pensamos.
Este libro es mi intento. Empezó con mi hija. Ojalá también funcione en tu casa.
Fernando Torres Cabrera
Autor y fundador de Conectando Arte
¿Querés pintarlo en tu mesa?